¿Cómo hago que mis hijos amen la oración mientras los crío en Occidente?
Una pregunta que lleva en su interior el celo de un padre por el fruto de sus entrañas, y es de lo más provechoso que se puede preguntar; pues sembrar la oración en el corazón del niño en un entorno que le disputa su tiempo y su corazón es de lo que más carga la espalda del educador. La guía profética en esto se basa en la gradualidad y la dulzura, no en la coacción y la dureza. Dijo ﷺ: «Ordenad a vuestros hijos la oración cuando tengan siete años, corregidlos por ella cuando tengan diez, y separadlos en los lechos» (narrado por Abū Dāwūd; un hadiz aceptable [ḥasan]). Así dispuso entre la orden y la corrección tres años completos: educación y acostumbramiento antes de la rendición de cuentas.
Lo primero que se recomienda es: el ejemplo. Pues el niño lee tus actos antes que tus palabras; si te ve levantarte hacia la oración alegre y sereno, no fastidiado y abrumado, se graba en su alma que la oración es un encuentro amado y no una carga pesada. Haz que la gente de la casa se reúna para ella en la medida de lo posible, pues la oración en comunidad familiar tiene un efecto que supera mil sermones.
En segundo lugar: vincula la oración con la alegría, no con el castigo. Elogia a tu hijo cuando rece, alégrate de su primera postración, y crea para ella en casa un ambiente especial: un pequeño oratorio, o una alfombra de oración que él mismo elija. Y no conviertas la oración en un campo de batalla diario por el cual el niño la odie.
En tercer lugar: la gradualidad y el respeto a su capacidad. No cargues al pequeño por encima de sus fuerzas de una sola vez, sino empieza por lo que pueda, y aumenta poco a poco. Aprovecha los momentos de serenidad de su corazón, y háblale del deleite de la conversación íntima con Dios y de la dulzura de la cercanía, no solo del castigo y el fuego.
En cuarto lugar: fortalece el entorno y llena el vacío. Pues el niño en Occidente está rodeado de influencias que arrastran su corazón; haz de tu hogar un entorno que abrace la fe: una compañía recta, una mezquita con la que se familiarice, y actividades que lo vinculen a su religión y a su identidad, para que no encuentre en otras cosas con qué llenar su vacío.
Y por último —y es lo más importante— la súplica. Pues los corazones están en la mano de Dios, que los hace girar como quiere, y la guía de tu hijo no está en tu mano; tú no eres sino quien se esfuerza y transmite. Insiste, pues, a Dios para que haga de tu descendencia de los que cumplen la oración, como suplicó el Amigo Íntimo (la paz sea con él): «Señor mío, haz que yo cumpla la oración, y también parte de mi descendencia» [Ibrāhīm: 40]. Pues entre tu esfuerzo sincero y tu súplica insistente, Dios concede aquello con lo que se alegran tus ojos.