Nuestra fe es una encomienda sagrada: del honor de pertenecer a la responsabilidad de custodiar y transmitir
La encomienda de portar, representar y custodiar la fe en la persona, la familia, la sociedad y el espacio digital
La fe no es una tarjeta de identidad que exhibimos en una disputa, ni una consigna que alzamos en momentos de entusiasmo. Es un pacto entre el siervo y su Señor, un camino que orienta su vida y un mensaje cuya representación asume como responsabilidad. Esta es una reflexión sobre la encomienda de la fe: su significado, su precio, los modelos que la portaron y un método práctico para custodiarla en la persona, la familia, la sociedad y el espacio digital.
La fe que nos honra es la fe por la que responderemos
Una persona puede pensar que el mayor servicio que presta a su fe consiste en declarar su pertenencia a ella, defenderla cuando es criticada o indignarse cuando alguno de sus símbolos sagrados es menospreciado. Todo ello puede brotar del amor y de un celo sincero. Sin embargo, la pregunta más honda no es: ¿cuántas veces hemos hablado de la fe?, sino: ¿cómo la hemos llevado?, ¿qué ha hecho en nuestro carácter?, ¿qué imagen de ella hemos presentado a los demás?
La fe es una gracia que nos honra, una encomienda que debemos custodiar, un camino al que nos comprometemos y un mensaje que transmitimos a la gente con sabiduría y misericordia. No se preserva mediante la abundancia de consignas, sino mediante la rectitud de la comprensión, la sinceridad de la obra, la nobleza del carácter y la disposición a dar y sacrificarse.
La encomienda de la fe no se custodia únicamente en los libros. Se custodia cuando se asienta en el corazón como conciencia, en la mente como comprensión, en los miembros como acción, en la sociedad como justicia y misericordia, y en la comunicación como sabiduría y responsabilidad.
Cuando Dios dice: «Ofrecimos la Encomienda a los cielos, a la tierra y a las montañas; rehusaron cargar con ella y sintieron temor, pero el ser humano la asumió» [al-Aḥzāb 33:72], la fe, con sus deberes y derechos, forma parte de este amplio significado de la *amāna*.[1] Pero no nos proponemos aquí volver a estudiar la encomienda como concepto coránico general, sino pasar a su pregunta práctica: ¿cómo porta el musulmán la encomienda de su fe en un tiempo en que se multiplican las voces, se confunden las autoridades y una palabra fugaz puede recorrer el mundo y dejar una huella duradera?
Primero: la fe entre el honor y el deber
Pertenecer al islam es un gran honor, pero ese honor no puede separarse de la responsabilidad. El musulmán tiene derecho a enorgullecerse de su fe; sin embargo, un orgullo que no produce compromiso puede convertirse en una mera pretensión. Tiene derecho a defender el islam, pero una defensa que no vaya acompañada de veracidad, integridad y justicia puede dañar la misma imagen que pretende proteger.
No estamos ante una herencia cultural que guardamos en la memoria, sino ante un pacto con consecuencias. Es un pacto en la creencia, por lo que no atribuimos a Dios aquello que desconocemos; un pacto en la adoración, para que nuestra relación con Él no sea estacional; un pacto en la ética, para no separar la oración de la honradez ni el ayuno del cuidado de la lengua; y un pacto en la transmisión, para no presentar la fe bajo una forma que contradiga la misericordia y la sabiduría con las que llegó.
La encomienda de la fe se compone, por ello, de cuatro dimensiones inseparables:
- La encomienda de comprender: recibir la fe de sus fuentes correctas y distinguir entre el texto y nuestra interpretación del texto, y entre una norma religiosa y una costumbre heredada.
- La encomienda de obrar: transformar el conocimiento en adoración, carácter y postura moral, para que nuestro conocimiento de la fe no se convierta en prueba contra nosotros.
- La encomienda de preservar: protegerla de la distorsión de quienes exageran, de la negligencia de quienes rebajan y de la explotación de quienes buscan un interés.
- La encomienda de transmitir: comunicarla con sabiduría y buena exhortación, como ordena Dios: «Invita al camino de tu Señor con sabiduría y bella exhortación» [al-Naḥl 16:125].[2]
Preservar no significa alejar la fe del movimiento de la vida. Una preservación que la aísla de las preguntas de la gente la convierte, en su conciencia, en un recuerdo. Preservarla significa mantenerla capaz de iluminar la realidad: orientar la conciencia, disciplinar la conducta, establecer la justicia, proteger la dignidad y ofrecer al ser humano un sentido por el que vivir.
Segundo: cuando portar el mensaje se convirtió en la vida entera de los profetas
Los profetas no llevaron la encomienda de la fe desde la comodidad de una vida segura y tranquila. Sus mensajes no fueron discursos cómodos y gratuitos. Se enfrentaron al poder de las costumbres, a los intereses de los soberbios y al temor de las almas ante el cambio. Por eso sus vidas constituyen la mayor prueba de que un mensaje por el que su portador no sacrifica nada sigue siendo una idea que la vida aún no ha puesto a prueba.
Noé llamó a su pueblo de noche y de día, en público y en privado, y siguió llamando a las puertas de los corazones durante largos siglos.[3] La escasez de quienes respondían no era para él señal de que el camino fuera equivocado, ni la demora del fruto justificaba abandonar la siembra. Se le había encomendado transmitir, no fabricar la guía; por eso llevó hasta el final la responsabilidad de seguir intentándolo.
Abraham se enfrentó a un pueblo que había construido su falsa certeza alrededor de ídolos heredados. Encendió una pregunta en sus mentes antes de que encendieran para él una hoguera. Sufrió daño, emigró por su fe y obedeció la orden de su Señor respecto de aquello que más amaba. Su vida fue un tránsito continuo de la recepción a la entrega y de la fe al sacrificio.[4] La unicidad divina no era para él una frase pronunciada, sino una balanza que reordenaba la patria, la familia, los bienes y la propia vida.
José prefirió la prisión antes que traicionar la encomienda moral, diciendo: «¡Señor mío! La prisión me es más querida que aquello a lo que me invitan» [Yūsuf 12:33].[5] Nos enseñó que una persona puede perder parte de su libertad exterior y seguir siendo libre en su conciencia; y que pueden abrirse ante ella todas las puertas del placer y del interés, para descubrir después que entrar por ellas era la verdadera prisión.
Moisés se presentó ante el Faraón sin poseer su reino ni sus ejércitos, pero portando la palabra de la verdad. Aun así, Dios no le permitió convertir la verdad en pretexto para la aspereza, sino que le dijo a él y a su hermano: «Habladle con palabras suaves; quizá reflexione o tema» [Ṭā Hā 20:44].[6] Este versículo traza para quien llama a Dios una balanza de extraordinaria precisión: firmeza en el contenido y suavidad en el modo; valentía que no se transforma en crueldad y misericordia que no se transforma en renuncia.
Después llegó la vida del profeta Muḥammad ﷺ, reuniendo todas las formas de paciencia y entrega: burla y acusación, asedio y pérdida, emigración desde la tierra que más amaba y heridas en al-Ṭāʾif. Cuando se le ofreció aplastar entre las dos montañas a quienes le habían causado daño, no miró únicamente el dolor de aquel instante, sino la posibilidad humana que podía salir de su descendencia. La esperanza en su guía venció al dolor de las heridas.[7] Aquí la encomienda de la *daʿwah* alcanza su cima: que quien llama permanezca fiel al propósito de la misericordia incluso cuando el sufrimiento parece concederle todas las razones para vengarse.
Los profetas sintieron la magnitud de la responsabilidad y cumplieron la encomienda, por grande que fuera el sacrificio. La *daʿwah* no fue para ellos un camino hacia el prestigio, sino un pacto por el que merecía la pena entregar la comodidad y la patria, e incluso la vida cuando la firmeza en la verdad exigía ese precio.
Tercero: cuando los Compañeros convirtieron la fe en postura
Si las vidas de los profetas ofrecen el modelo supremo, las de los Compañeros demostraron que seguirlo puede convertirse en una realidad humana viva. Sus capacidades y circunstancias fueron distintas, pero todos coincidieron en una verdad: cada encomienda tiene un coste, y la sinceridad de la fe se revela cuando llega el momento de elegir.
Bilāl ibn Rabāḥ fue torturado bajo el sol de La Meca y se le pidió que vendiera su certeza para salvar el cuerpo. No poseía como instrumento de resistencia más que una palabra: «Uno, Uno».[8] Sus torturadores quisieron someter el cuerpo y descubrieron que el alma que conoce a su Señor puede volverse más amplia que el dolor y más fuerte que las cadenas.
Sumayya bint Khayyāṭ permaneció firme ante la tortura hasta ser asesinada.[9] No poseía riqueza ni poder, pero su postura sobrevivió al poder de sus verdugos, porque la historia no mide a una persona por lo que tuvo, sino por aquello que se negó a abandonar cuando llegó la prueba.
Abū Bakr al-Ṣiddīq gastó sus bienes en auxiliar a los oprimidos, acompañó al Profeta ﷺ en la Hégira y cargó después con la responsabilidad de la comunidad en uno de sus momentos más convulsos.[10] La ternura de su corazón no contradecía la fortaleza de su postura: reunió misericordia y firmeza, y demostró que, en la balanza de la fe, el liderazgo es deber antes que honor.
Muṣʿab ibn ʿUmayr dejó una vida de bienestar y marchó a Medina como maestro y predicador. No entró en ella con ejército ni fortuna, sino con un Corán que recitaba, un carácter que abría corazones y una inteligencia que sabía dirigirse a las almas. Después permaneció firme en Uḥud, portando el estandarte hasta caer mártir. Al morir no encontraron para amortajarlo más que una tela corta: si cubrían con ella su cabeza, quedaban descubiertos sus pies; y si cubrían sus pies, quedaba descubierta su cabeza.[11] Entre el bienestar del comienzo y la pobreza del final se escribió la historia de un hombre que descubrió que el valor de la vida no reside en lo que reúne la mano, sino en lo que el mensaje entrega a la existencia.
Los Anṣār trasladaron la encomienda del sacrificio individual a la solidaridad social. Abrieron sus hogares, compartieron sus bienes y antepusieron las necesidades de sus hermanos a las propias. Dios los describió diciendo: «Los prefieren a sí mismos, aunque ellos también padezcan necesidad» [al-Ḥashr 59:9].[12]
Las formas de dar no fueron idénticas, ni se pidió a todos que ofrecieran lo mismo. Unos entregaron la vida; otros, los bienes; algunos dejaron la patria; otros pusieron al servicio su conocimiento, su palabra o su posición; y otros abrieron sus hogares. La enseñanza no está en que los sacrificios se parezcan, sino en que cada persona se pregunte: ¿qué poseo y qué parte de ello corresponde a la encomienda de la fe?
Cuarto: el peligro que nace dentro de la imagen
Un adversario puede perjudicar a la fe con una palabra; quien se presenta como su representante puede perjudicarla con una conducta que permanezca durante años en la memoria de la gente. Es una verdad que debemos afrontar con valentía, no para castigarnos, sino para comprender la naturaleza de nuestra responsabilidad.
Las personas no conocen las ideas únicamente a través de los libros: las leen en los rostros y en la conducta de quienes las representan. Alguien puede olvidar un sermón, pero no olvida a un comerciante de apariencia religiosa que lo engañó; a un responsable que alzó la consigna de la integridad y luego la traicionó; a un predicador que habló de misericordia y humilló a quien preguntaba; o a una familia que habló sin cesar de religión mientras sus hijos no vieron en ella rastro de justicia ni ternura.
En cambio, un solo gesto moral puede abrir una ventana que decenas de conferencias no lograron abrir: decir la verdad cuando el interés invita a mentir; perdonar cuando se tiene poder; ser justo con un adversario; tratar con misericordia al débil; y proteger el derecho de quien no puede reclamarlo.
La encomienda de representar la fe no significa que el musulmán sea infalible. Significa que no convierte su error en religión, que no se adorna ante la gente con algo que no vive y que posee el valor de volver, pedir perdón y reparar. El ejemplo no es una persona que jamás tropieza, sino quien no insiste en la caída ni utiliza lo sagrado para justificar su negligencia.
Quinto: la encomienda en el tiempo de la palabra que no muere
En épocas anteriores, el error terminaba muchas veces cuando concluía la reunión. Hoy puede escribirse una palabra en un instante de ira, cruzar continentes, llegar a miles de personas y permanecer en los buscadores cuando su autor ya ha olvidado que la escribió. Por eso las redes sociales han dejado de ser instrumentos neutrales en la vida del musulmán y del predicador: forman parte del campo de la encomienda.
Alguien puede difundir un relato que no es auténtico, una fatwa arrancada de su contexto o un fragmento que enciende el odio, creyendo que está defendiendo la fe. Puede compartir una noticia que nunca verificó solo porque confirma aquello que desea creer. Pero Dios estableció el principio de comprobación: «Creyentes, si una persona corrupta os trae una noticia, verificadla, no sea que perjudiquéis a un pueblo por ignorancia y luego os arrepintáis de lo que hicisteis» [al-Ḥujurāt 49:6].[13]
En el espacio digital no basta la buena intención, porque el efecto de una palabra no se mide únicamente por la intención de quien la pronuncia. Puede buscar el bien y abrir una puerta a la discordia, agraviar a una persona o afianzar una idea falsa. Detenerse antes de publicar se convierte así en un acto intelectual y moral de adoración: ¿cuál es la fuente?, ¿cuál es el contexto?, ¿quién es el especialista?, ¿qué efecto puede producir?, ¿aumentará esta palabra la conciencia o añadirá más ruido?
También forma parte de la encomienda del discurso no convertir la religión en combustible para fabricar fama. No todo lo que atrae visitas beneficia; no todo lo que provoca indignación es valiente; ni elevar la voz demuestra la fuerza del argumento. El público puede sentirse atraído por el impacto durante un instante, pero solo entrega su confianza duradera a quien encuentra dotado de conocimiento, equilibrio y coherencia entre la palabra y la conducta.
Sexto: círculos de la encomienda, del corazón a la sociedad
Los sabios y predicadores no son los únicos que portan la encomienda de la fe. Cada musulmán tiene un ámbito en el que representa aquello en lo que cree, y esos ámbitos comienzan dentro de uno mismo y luego se ensanchan.
La encomienda de la persona
Corregir la intención, aprender lo necesario, conservar las obligaciones y luchar contra la contradicción interior. Una reforma que salta hacia el mundo y pasa por encima de la propia alma puede convertirse en vigilancia de los demás en vez de adoración a Dios.
La encomienda de la familia
Los hijos deben ver la fe en la serenidad y la justicia de sus padres antes de oírla en sus órdenes. Un niño puede amar la oración porque ha visto cómo otorga a su padre serenidad y equilibrio; y puede alejarse del discurso religioso si este queda asociado en su memoria con la ira, la humillación y la incoherencia. Una educación fiel a la encomienda no se limita a dictar instrucciones: escucha las preguntas, respeta las etapas del crecimiento y une el amor a los límites.
La encomienda del sabio y del predicador
Hablar con conocimiento y saber cuándo decir: «No lo sé». Dios dice: «Preguntad a la gente de conocimiento si no sabéis» [al-Naḥl 16:43].[14] La dignidad de la fe no se preserva cuando quien carece de preparación se coloca al frente de toda cuestión, ni la confianza pública se protege ofreciendo respuestas apresuradas a problemas que exigen estudio y deliberación.
La encomienda de la institución
Construir una memoria que no dependa de una sola persona; establecer normas para la fatwa, la educación, las finanzas y la administración; y revisar los errores con transparencia. Una institución que lleva el nombre de la religión mientras se administra mediante favoritismos o desorden no daña únicamente su gestión: debilita la confianza en el mensaje en cuyo nombre habla.
La encomienda de la sociedad
Transformar los valores en realidad: justicia que preserve los derechos, solidaridad que proteja a los débiles, desacuerdo que no se convierta en odio y libertad responsable que el caos no devore. Una fe cuyo efecto no se percibe en la protección de la dignidad humana permanece, ante el público, como un discurso hermoso que todavía busca el camino hacia la vida.
Séptimo: un método práctico para custodiar la encomienda
El método práctico puede reunirse en siete acciones sucesivas, cada una de las cuales comienza donde termina la anterior:
Aprendemos
Recibimos la fe de fuentes correctas, recurrimos a los especialistas y no confundimos la rapidez de acceso a la información con su fiabilidad. Poseer un buscador no convierte a nadie en sabio, como memorizar un texto no elimina la necesidad de comprenderlo.
Comprendemos
Reunimos los textos, atendemos a los fines superiores de la Sharīʿa y conocemos la realidad en la que se aplica una norma. Un texto sin contexto puede quedar mutilado; un propósito sin disciplina puede utilizarse para anular el texto; y una realidad sin referencia puede transformar la fe en seguidora de las circunstancias cambiantes.
Obramos
Convertimos el conocimiento en hábito y postura. Si aprendemos la virtud de la verdad, decimos la verdad cuando nos cuesta; si aprendemos la justicia, somos justos con quienes discrepan de nosotros; y si aprendemos la misericordia, la mostramos cuando tenemos poder para ser duros.
Purificamos el alma
Revisamos las intenciones y pedimos cuentas al ego por su amor a la notoriedad y a la victoria personal. Una persona puede comenzar defendiendo la verdad y no advertir cuándo pasa a defender su propia imagen. Puede entrar en una discusión buscando aclarar y continuar después porque no soporta que le digan que se equivocó.
Verificamos
Nos detenemos antes de transmitir, publicar o juzgar a las personas. Preguntamos por la fuente, el contexto y la competencia, recordando que la rectificación rara vez alcanza la velocidad con la que se propagó el error.
Transmitimos
Nos dirigimos a la gente con sabiduría y distinguimos entre el confundido y el obstinado, entre el ignorante y el herido, entre quien necesita una prueba y quien primero necesita que alguien lo escuche. Dios dijo a Su Profeta ﷺ: «Por una misericordia de Dios fuiste amable con ellos. Si hubieras sido áspero y duro de corazón, se habrían apartado de ti» [Āl ʿImrān 3:159].[15]
Legamos
Transmitimos la fe a las generaciones no como un catálogo de temores, sino como una luz que les concede sentido, identidad y medida. Les legamos la pregunta responsable, el conocimiento fiable y la capacidad de unir firmeza y apertura, confianza y humildad.
Estas acciones no constituyen un programa exclusivo para predicadores, sino un mapa para cada musulmán: en su hogar, su trabajo, su comercio, su especialidad y su presencia digital.
Conclusión: la fe que la gente ve en nosotros
Nuestra fe es una encomienda sagrada. La protegemos con el conocimiento frente a la ignorancia, con el equilibrio frente al extremismo y la negligencia, con la sinceridad frente a la explotación, con la acción frente a las consignas, con el carácter frente a la mala representación y con la sabiduría frente a una transmisión deficiente.
No se pide a cada persona que repita los sacrificios de las generaciones anteriores en su forma histórica, sino que lleve su significado a su propia realidad: defender la verdad cuando callar resulta más cómodo; guardar la encomienda cuando traicionarla es más rentable; elegir la castidad cuando la tentación está disponible; ser misericordioso cuando la dureza satisface mejor la ira; y decir «no lo sé» cuando una respuesta improvisada ofrece el camino más corto hacia la atención.
Los profetas preservaron la encomienda con paciencia y firmeza; los Compañeros la llevaron mediante la entrega y el altruismo. Hoy la responsabilidad llega hasta nosotros: custodiar la fe en nuestros corazones, establecerla en nuestra conducta, plantarla en nuestras familias, representarla mediante nuestras instituciones y transmitirla al mundo con una mente despierta y un corazón misericordioso.
La defensa más sincera de la fe no consiste en elevar la voz en su nombre, sino en elevar nuestro carácter mediante ella. Su prueba más poderosa es que la gente vea en quienes la portan una veracidad en la que puede confiar, una justicia junto a la que puede sentirse segura, una misericordia capaz de abarcarla y una humanidad que proteja su dignidad.
Notas
Notas
- Al-Aḥzāb 33:72. Sobre la amplitud del significado de *amāna*, que incluye las obligaciones, los deberes prescritos, los derechos de Dios y los derechos de las personas, véanse al-Ṭabarī, *Jāmiʿ al-Bayān*, comentario de la aleya; e Ibn Kathīr, *Tafsīr al-Qurʾān al-ʿAẓīm*, comentario de la aleya. [2]: Al-Naḥl 16:125. [3]: Nūḥ 71:5–9; al-ʿAnkabūt 29:14. [4]: Sobre el fuego: al-Anbiyāʾ 21:68–69; sobre la emigración: al-ʿAnkabūt 29:26; sobre la prueba del sacrificio y el rescate: al-Ṣāffāt 37:102–107. [5]: Yūsuf 12:33. [6]: Ṭā Hā 20:43–44. [7]: Ṣaḥīḥ al-Bukhārī, Libro del comienzo de la creación, «Mención de los ángeles», n.º 3231; y Ṣaḥīḥ Muslim, Libro del yihad y las expediciones, «El daño que el Profeta ﷺ recibió de los idólatras y los hipócritas», n.º 1795. [8]: Ibn Hishām, *al-Sīra al-Nabawiyya*, relato de la aceptación del islam y la tortura de Bilāl ibn Rabāḥ en La Meca. [9]: Ibn Saʿd, *al-Ṭabaqāt al-Kubrā*, biografía de Sumayya bint Khayyāṭ; e Ibn Ḥajar, *al-Iṣāba fī Tamyīz al-Ṣaḥāba*, su biografía. [10]: Sobre su compañía durante la Hégira: al-Tawba 9:40; sobre sus gastos y la liberación de los oprimidos: Ibn Hishām, *al-Sīra al-Nabawiyya*, relato de quienes fueron liberados por Abū Bakr. [11]: Ṣaḥīḥ al-Bukhārī, Libro de los funerales, «Cuando solo se encuentra una mortaja suficiente para cubrir la cabeza o los pies», n.º 1276. [12]: Al-Ḥashr 59:9. [13]: Al-Ḥujurāt 49:6. [14]: Al-Naḥl 16:43. [15]: Āl ʿImrān 3:159.↩
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