A
Dr. Ahmed Abouseif
Imams Academy
Tamaño
Volver a los artículos
Sabidurías y Perspectivas

Cada uno obra según su propia índole

Sobre la paciencia ante el agravio de los pares, y que la crítica entre pares se pliega y no se transmite

Dr. Ahmed AbouseifJunio de 20269 min de lectura

Una reflexión educativa y espiritual sobre la paciencia ante el agravio de los pares, y sobre cómo la palabra de los iguales se pliega y no se transmite cuando despuntan en ella los indicios de la pasión — junto con un fiel que preserva la puerta del consejo sincero. Por el Dr. Ahmed Muhammad Ali Abouseif, presidente de la American Imams Academy (Academia Americana de Imames).

No hay herida como la herida de la palabra que sale de la boca de un allegado. La flecha del enemigo lejano yerra o se esquiva; mas la hoja que forja tu igual en el oficio, tu par en la liza, esa penetra, porque quien la empuña conoce tus puntos vulnerables y sabe colocar la acusación allí donde duele. Y lo más grave del caso es que te detienes entre dos impotencias: ni puedes rebatir la calumnia, pues te fatigarías a ti mismo, ni puedes responder a quienes la dicen, pues corromperías tu corazón; y así sostienes la pluma perplejo, e inclinas la cabeza con la inclinación del agobiado. En ese preciso instante, cuando la tierra se te angosta a pesar de su anchura, desciende sobre el corazón la luz de una aleya que le devuelve su sensatez y le libra del cautiverio de ocuparse de los adversarios.

El fundamento coránico: ﴿Di: cada uno obra según su propia índole﴿

Dijo Dios, enaltecido sea, a Su Profeta —la paz y las bendiciones sean con él—: ﴿Di: cada uno obra según su propia índole﴿ [al-Isrāʾ: 84]. Y la índole —tal como la precisaron los exégetas— es la manera, la inclinación y la naturaleza sobre la cual el hombre fue moldeado; dijo Ibn ʿAbbās: «según su inclinación»; dijo Muŷāhid: «según su carácter y su naturaleza»; dijo Qatāda: «según su intención»; y dijo Ibn Zayd: «según su religión»[1]. Pues las gentes son como los metales, y cada vasija rezuma lo que contiene: quien tiene por índole el bien obra el bien, y quien tiene por índole el reproche y la maledicencia reprocha y difama, y del hombre no emana sino lo que se asemeja a su raíz. Así pues, si esto se asienta en tu corazón, ocúpate de labrar tu propio bien y encomienda a las gentes y a su índole al Conocedor de los secretos; pues el veredicto no está en tu mano ni en la suya, sino que el juicio ha sido elevado a Aquel que conoce la mirada traicionera y lo que ocultan los pechos: ﴿Vuestro Señor sabe mejor quién sigue el camino más recto﴿ [al-Isrāʾ: 84]. Y en este cierre hay un sosiego que abarca el universo entero: mientras el Juez sea Dios, ¿qué penalidad ha de costar el establecer la prueba contra los siervos?

Una vía constante que alcanzó a las cumbres

Reflexiona, además: la prueba de las lenguas no es novedad en el tiempo, sino una vía antigua de la que no se salvó ninguna eminencia. Pues los profetas —que son la flor escogida de Dios entre Su creación— fueron acusados de hechicería, de locura y de mentira, hasta el punto de que descendió un Corán que consolaba y declaraba que tal era la vía de los enviados[2]. Y la madre de los creyentes, ʿĀʾisha la veraz, hija del veraz, fue calumniada en lo más puro que pueda ser, y la revelación se ausentó respecto de ella durante días pesados que parecían una eternidad, hasta que descendió su exculpación desde por encima de los siete cielos, recitada hasta que se alce la Hora. Y si de las flechas de las lenguas no se salvó ni un profeta enviado, ni una veraz inmaculada, ¿quiénes somos nosotros —que Dios te guarde— para anhelar una salud que no alcanzó quien es mil veces mejor que nosotros? Solo con este saber se aligera la mitad del dolor; pues el aquejado sabe que camina por una senda allanada por los pies de los grandes.

La regla de los sabios: «la crítica entre pares se pliega y no se transmite»

Y los hombres de saber poseen en este capítulo un fiel preciso y exquisito: que el ataque de un par contra su par no merece atención cuando despunta en él la marca de la rivalidad, de la pasión o de la envidia, y así lo equipararon al agua turbia: ni se transmite ni se da de beber. Dijo el ḥāfiẓ al-Dahabī —Dios se apiade de él— una palabra que se convirtió en fundamento heredado por los críticos: «La crítica de los pares unos contra otros no debe tenerse en cuenta, en especial si se te hace patente que obedece a una enemistad, a una escuela o a una envidia; y de ello no se salva sino aquel a quien Dios preserva, y no he conocido época alguna entre las épocas cuyas gentes se hayan librado de eso, salvo los profetas y los veraces; y si quisiera, llenaría cuadernos con muestras de ello»[3]. Mira cómo el imán hizo girar el rechazo y la aceptación sobre la intención de quien habla, y no sobre la apariencia de su expresión; pues si en ella se olfatea el aroma de la competencia, se pliega como se pliega el registro, y no se convierte en mella en el honor ni en menoscabo del saber. Y con este fiel se preservaron los honores de los imanes de que unos los demolieran sobre otros con una palabra dicha en una hora de ira.

Relatos del registro del saber

Y como los ejemplos son más elocuentes que la declaración, y el relato de lo acontecido se afinca en el corazón con más firmeza que la regla abstracta, ahí tienes tres relatos de nuestra historia científica, todos los cuales atestiguan que la espuma se va en vano, y que lo que aprovecha a las gentes permanece en la tierra.

Primero — el imán de los tradicionistas en Nīsābūr: Llegó Abū ʿAbd Allāh Muḥammad ibn Ismāʿīl al-Bujārī a Nīsābūr, y sus gentes salieron a recibirlo a dos y tres etapas de camino. Dice su discípulo Muslim ibn al-Ḥaŷŷāŷ: «No he visto a gobernante ni a sabio a quien se le hiciera lo que se le hizo a Muḥammad ibn Ismāʿīl». Mas cuando creció su renombre y se apiñaron en torno a él los estudiantes, se agitó en las almas un celo oculto, que luego halló asidero en la cuestión «de la pronunciación del Corán»: pues al-Bujārī profesaba que el Corán es la palabra de Dios increada, sostenía que los actos de los siervos son creados, y se abstenía de toda expresión ambigua para cerrar la vía al mal; mas su palabra fue interpretada en sentido distinto del suyo, y se difundió de él lo que no había dicho, hasta que las gentes lo evitaron y fue agraviado, y salió de Nīsābūr conteniendo su pesar, paciente[4]. Mira luego la obra del Sutil, el Bien Informado: plegó aquella sedición en líneas que los historiadores recitan como lección, y preservó para la comunidad «al-Ŷāmiʿ al-Ṣaḥīḥ», el libro más auténtico después del Libro de Dios, hacia el que se aprestan las monturas y que se recibe con aceptación en toda tierra. ¿Dónde quedó, pues, el dicho que se dijo? Se fue en vano, y permaneció el saber, que se afinca en la tierra. Y todo ello ocurrió pese a la grandeza del jeque de la ciudad, el imán Muḥammad ibn Yaḥyā al-Duhlī, pues la cuestión es del género de lo que acaece entre los grandes, sin menoscabo para ninguno.

Segundo — el imán de la gente de la Sunna en su tribulación: Aḥmad ibn Ḥanbal fue probado en la sedición de la afirmación de que el Corán es creado, y se le instó a una palabra que, de haberla dicho, habría dado descanso a su cuerpo y complacido al sultán; mas se negó a decir sobre Dios lo que no sabía, y le sobrevino del encierro y de los azotes lo que abruman las montañas, paciente, sin doblegarse, diciendo: «Yo no respondo a aquello que no conozco». Y cuando las gentes se hartaron de él, y supusieron los suponedores que su voz se había apagado, Dios no quiso sino enaltecer con él su mención; pues cuando el asunto pasó a al-Mutawakkil, se levantó la tribulación, y se elevó el rango del hombre hasta que se convirtió en un estandarte de la gente de la Sunna al que se señala, y se llenó el mundo de su elogio, y se sepultaron las palabras de sus adversarios bajo los pies del tiempo[5]. Tuvo paciencia una hora, y heredó una mención que no se desgasta. Así obra Dios con quien es veraz para con Él: le otorga por la paciencia lo que no le otorga por la palabra.

Tercero — imanes a quienes alcanzó la lengua, mas se plegó y permaneció su saber: He aquí al imán de los exégetas, Muḥammad ibn Ŷarīr al-Ṭabarī, autor de «Ŷāmiʿ al-Bayān» y de «Tārīj al-Umam»; sobrevino entre él y algunos de sus contemporáneos una discordia, y los ignorantes de la plebe lo acusaron de aquello de lo que estaba libre, hasta que se le impidió ser enterrado de día y fue sepultado de noche en su casa; mira luego cómo lo socorrieron el tiempo y la equidad, pues dijo de él al-Dahabī: «El imán, el estandarte, el muŷtahid, el sabio de la época… fue de los singulares del tiempo en saber, en inteligencia y en abundancia de obras; rara vez ven los ojos a su semejante»[6]. Y he aquí al ḥāfiẓ Ibn Ḥibbān al-Bustī, que dijo en su asamblea una palabra concisa al enumerar los atributos de la profecía: «La profecía es el saber y la obra», y fue interpretada en el peor sentido, y se le acusó de enormidades, y fue expulsado de Siŷistān; luego su palabra fue entendida en su verdadero sentido, y los hombres de saber esclarecieron su propósito, y Dios le preservó «al-Ṣaḥīḥ» y «al-Ṯiqāt», que circulan en los círculos del saber hasta hoy[7]. Todos estos son, pues, testigos de una sola vía: que la crítica de los pares se pliega, y que el saber puro permanece.

El fruto educativo

¡Cuán necesitado está el reformador, el sabio y el predicador de hacer de esta sabiduría provisión en su camino: de proseguir según su buena índole sin volver la vista, sin que lo agote el rebatir cada calumnia, ni lo extenúe el rastrear a cada hablante, ni haga de su brújula la complacencia de las gentes, sino la complacencia del Señor de las gentes; con la certeza de que Dios custodia la obra pura del hombre, arroja la verdad contra la falsedad y la quebranta, y disipa la espuma y preserva lo que aprovecha! ﴿En cuanto a la espuma, se va en vano; mas lo que aprovecha a las gentes permanece en la tierra﴿ [al-Raʿd: 17]. Y así como teme la herida en su propio derecho, tema también —y con más razón— ser él quien hiera a sus hermanos; pues quien pide a Dios que pliegue contra él las lenguas de las gentes, más le conviene plegar él su propia lengua respecto de sus pares: que no reproche a un competidor, ni difame a un rival, ni edifique su gloria sobre las ruinas de otro; pues esa es la hidalguía del saber y el ornato de la búsqueda.

Aun así, la equidad exige un fiel que no se desequilibre: pues no toda palabra de un allegado es calumnia, ni todo discrepante es envidioso, ni toda crítica es herida infundada. Pues entre la palabra de los pares hay un consejo demostrado que se acepta aunque venga de un competidor, y solo se pliega de ella aquello en que despuntan los indicios de la pasión y queda vacío de argumento. Que no tome, pues, el hombre esta sabiduría por escudo con que rechazar de sí la revisión sincera, ni por puerta que cierre ante un consejo que le aprovecha; pues es propio de la comprensión del alma que peses la palabra por su argumento y no por el mero hablante, y que aceptes la verdad de quien la trae, sea quien sea. Y con esto reúne el siervo el buen pensar sobre sí mismo cuando es agraviado injustamente, y el buen examinar de su propio defecto cuando se le aconseja con sinceridad.

Conclusión

Y sosiégate; pues Aquel que se encargó de preservar el Recuerdo, se encargó de preservar toda obra pura que a Él se eleva: no se extravía ante Él ni el peso de un átomo. Prosigue según la índole con la que te complazcas en encontrar a Dios, y deja que las lenguas digan; pues no son sino espuma sobre la faz del torrente, abocada a retirarse y a desvanecerse, mientras que tu obra buena es como el manantial cristalino, abocado a permanecer y a extenderse. No te perjudicará quien calumnia mientras entre tú y Dios haya veracidad; haz, pues, de tu afán el perfeccionar la obra, no el acallar al adversario, y en el cortejo de los grandes —de los profetas a los imanes— hay modelo y consuelo, y en la promesa de Dios un sosiego que basta al corazón para ahorrarle la fatiga de la respuesta: ﴿Y di: ¡Obrad! Dios verá vuestra obra, y también Su Mensajero y los creyentes﴿ [al-Tawba: 105].

Notas

  1. Su dicho, enaltecido sea, en la sura al-Isrāʾ: 84. Y los pareceres sobre «la índole» (al-shākila): de Ibn ʿAbbās «según su inclinación», de Muŷāhid «según su carácter y su naturaleza», de Qatāda «según su intención», y de Ibn Zayd «según su religión»; son cercanos entre sí. Véase: la exégesis de al-Ṭabarī «Ŷāmiʿ al-Bayān» al comentar la aleya, la exégesis de Ibn Kaṯīr y la exégesis de al-Qurṭubī.
  2. Sobre la acusación contra los profetas: ﴿Así, no llegó a quienes les precedieron mensajero alguno sin que dijeran: «¡Hechicero o loco!»﴿ [al-Dhāriyāt: 52]. Y el suceso de la calumnia respecto de ʿĀʾisha, Dios esté complacido con ella: sura al-Nūr 11–26.
  3. La consignó el ḥāfiẓ al-Dahabī en «Mīzān al-Iʿtidāl fī Naqd al-Riŷāl» (en torno a 1/111, según las distintas ediciones) al hilo de su exposición sobre lo que acaece entre los pares en materia de crítica. Y la formulación «se pliega y no se transmite» es una expresión célebre que los críticos acuñaron del sentido de su palabra, no su tenor literal.
  4. La noticia de la llegada de al-Bujārī a Nīsābūr, la cuestión de la pronunciación y su partida: «Siyar Aʿlām al-Nubalāʾ» de al-Dahabī (semblanza de al-Bujārī), «Tārīj Baġdād» de al-Jaṭīb al-Baġdādī, y «al-Madjal ilā al-Ṣaḥīḥ» de al-Ḥākim. Y el dicho de Muslim sobre su recibimiento consta en al-Dahabī y al-Ḥākim. Y ello salvaguardando el rango del imán Muḥammad ibn Yaḥyā al-Duhlī como imán insigne de la gente del hadiz, siendo la disensión entre ambos del género de lo que acaece entre los grandes al arreciar las cuestiones del credo.
  5. La tribulación del imán Aḥmad en la afirmación de que el Corán es creado, en tiempos de al-Maʾmūn, al-Muʿtaṣim y al-Wāṯiq, su firmeza, y luego el levantamiento de la tribulación por al-Mutawakkil y el enaltecimiento de su rango: «Siyar Aʿlām al-Nubalāʾ» de al-Dahabī (semblanza de Aḥmad ibn Ḥanbal), «al-Bidāya wa-l-Nihāya» de Ibn Kaṯīr, y «Tārīj Baġdād». Y es en su origen una sedición de poder y una afirmación de índole teológica, traída aquí en el capítulo de la paciencia ante la prueba y de la permanencia de la huella del sabio.
  6. La semblanza de Muḥammad ibn Ŷarīr al-Ṭabarī, su tribulación al final de su vida y su entierro de noche: «Siyar Aʿlām al-Nubalāʾ» de al-Dahabī (semblanza de Ibn Ŷarīr), y «al-Bidāya wa-l-Nihāya» de Ibn Kaṯīr. Y Ibn Kaṯīr precisó que quienes lo agraviaron fueron «algunos de los rufianes de la plebe», no los imanes de la escuela.
  7. La noticia de Ibn Ḥibbān al-Bustī y su palabra «La profecía es el saber y la obra», su acusación y luego su expulsión de Siŷistān: «Siyar Aʿlām al-Nubalāʾ» de al-Dahabī (semblanza de Abū Ḥātim Muḥammad ibn Ḥibbān al-Bustī), donde al-Dahabī interpretó su palabra en su verdadero sentido y esclareció que su propósito era que el saber y la obra son frutos de la profecía, no que esta sea adquirida, con todo y ser inapropiado el enunciado absoluto de la expresión.
Comparte este artículo

Comentarios

Comparte un beneficio o una idea sobre el artículo; agradecemos tu opinión.

Aún no hay comentarios publicados. Sé el primero en comentar.

Esperamos que el artículo te haya sido de provecho, y agradecemos tu comentario y tu consejo.

Pregunta al Jeque