La ḥikma en el Corán
un don que refrena la ignorancia
En el Corán, la sabiduría no es una invención del ingenio humano, sino un don de Dios: un freno que contiene a quien la posee del arrebato de la ignorancia y cuyo valor solo se completa cuando lleva la verdad a su lugar justo.
Por el Dr. Ahmed Muhammad Ali Abouseif, presidente de la American Imams Academy (AIA)
En la sura de Luqmān, el Corán recuerda un don que Dios concedió a un hombre que no era ni profeta ni rey:
﴿وَلَقَدْ آتَيْنَا لُقْمَانَ الْحِكْمَةَ أَنِ اشْكُرْ لِلَّهِ﴾ (31:12)
«Y ciertamente concedimos a Luqmān la sabiduría: “Sé agradecido con Dios”.»
El Corán no hace seguir a este don una descripción de un saber teórico o de un conocimiento pasajero, sino un único encargo práctico: que diera gracias a Dios. Después, la sura abre una ventana a los consejos de Luqmān a su hijo, y resultan ser todos de la misma índole: actitudes concretas, no teorías abstractas. Este emparejamiento de la «sabiduría» con una actitud práctica determinada, la gratitud, es la puerta por la que este artículo se adentra en el concepto coránico de la sabiduría.
Delimitación del término y recuento
La raíz ḥ-k-m aparece en el Corán doscientas diez veces, en trece formas, y es una de las raíces más frecuentes del Libro. Pero esa gran cifra se reparte entre campos semánticos por completo distintos. Está el campo de al-ḥukm, en el sentido de juicio y arbitraje entre los hombres: el verbo ḥakama aparece cuarenta y cinco veces, el sustantivo ḥukm treinta y el participio activo ḥākim/ḥukkām seis. Está el campo de al-Ḥakīm, ya sea como uno de los Nombres más hermosos de Dios o como atributo del propio Corán, que aparece noventa y siete veces, la forma más frecuente de toda la raíz, y se asocia a menudo con ʿAzīz (Poderoso) o ʿAlīm (Omnisciente). Y está el campo de al-muḥkam, lo bien trabado y de significado claro, que califica las aleyas del Corán (dos veces). El campo que nos ocupa es el del sustantivo al-ḥikma en particular, que aparece solo veinte veces de las doscientas diez. Es el testimonio verbal directo de la sabiduría como virtud concedida al ser humano, y se distingue por completo del campo del juicio y el arbitraje, que es un concepto jurídico y político independiente, con su propio capítulo.
La raíz lingüística: del freno de la cabalgadura al freno de la mente
Ibn Fāris señala en Maqāyīs al-Lugha que las letras ḥāʾ, kāf y mīm tienen un único origen, que es «la contención». De ahí, dice, la ḥakama de la bestia, la pieza del freno que se pone en la boca del caballo, recibió ese nombre porque le impide desbocarse. Se dice ḥakamtu al-dābba cuando se le ajusta la ḥakama al animal y así se le contiene. Los árabes empleaban el mismo verbo en sentido figurado, y decían ḥakamtu al-safīh, «contuve al necio», es decir, lo detuve en su necedad y lo tomé firmemente de la mano. Concluye así: «Y la ḥikma viene de esto, porque contiene de la ignorancia».[1]
En su origen lingüístico, pues, la sabiduría no es mero conocimiento o información. Es una fuerza que contiene, semejante al freno de la cabalgadura. Así como el freno impide al caballo desbocarse y lanzarse a ciegas, la sabiduría impide a quien la posee obrar con ignorancia, temeridad o un impulso sin ponderar.
La sabiduría es dar en la verdad, no solo conocerla
En al-Mufradāt fī Gharīb al-Qurʾan, al-Rāghib al-Aṣfahānī formuló una definición completa de la sabiduría, coherente con la raíz lingüística que acabamos de ver. Es, dice, «dar en la verdad mediante el conocimiento y la razón». Y precisa que la sabiduría, atribuida a Dios, es «conocimiento de las cosas y su existencia en la más alta perfección», y atribuida al hombre, «conocimiento de lo existente y obrar el bien».[2]
El término «dar» (iṣāba, literalmente «acertar») es deliberado, no superfluo. Acertar supone una diana que se alcanza, un lugar correcto que se busca, y no la mera posesión teórica de la información correcta. Una persona puede conocer la verdad y, sin embargo, no dar con ella en el lugar que le conviene: la dice a destiempo o la ejecuta de manera inadecuada, y así yerra el blanco aunque haya dado con el conocimiento. Todo esto concuerda con la imagen del freno. El freno no impide al caballo moverse, sino que orienta su movimiento hacia donde debe ir. Del mismo modo, la sabiduría no veda a su poseedor el saber, sino que dirige su saber hacia donde acierta y no hacia donde se extravía.
La estructura central: un don, no un logro propio
Lo que más claramente distingue el uso coránico del término al-ḥikma es que siempre lo vincula con un acto de dádiva divina, nunca con el esfuerzo personal o la sola acumulación de experiencia:
﴿يُؤْتِي الْحِكْمَةَ مَنْ يَشَاءُ وَمَنْ يُؤْتَ الْحِكْمَةَ فَقَدْ أُوتِيَ خَيْرًا كَثِيرًا﴾ (2:269)
«Concede la sabiduría a quien quiere, y quien recibe la sabiduría ha recibido un bien abundante.»
Los verbos que acompañan a al-ḥikma en el Corán son «dio» (ātā) y «enseñó» (ʿallama), nunca «adquirió» o «aprendió por sí mismo». Esto se aparta de la idea común de que la sabiduría es simplemente el fruto de la experiencia acumulada. El Corán no niega que la experiencia deje su huella, pero insiste en que la esencia de la sabiduría es un don del Señor que puede concederse incluso a un joven que no ha vivido mucho. Así se concedió a Yaḥyā (la paz sea con él) siendo aún un niño:
﴿يَا يَحْيَىٰ خُذِ الْكِتَابَ بِقُوَّةٍ وَآتَيْنَاهُ الْحُكْمَ صَبِيًّا﴾ (19:12)
«“¡Yaḥyā! Toma el Libro con fuerza.” Y le concedimos el juicio siendo aún niño.»
Así también, según se dice, con Salomón, joven en el caso del sembrado y las ovejas (21:78-79), en el que su padre David, aun siendo mayor en años, no alcanzó la misma comprensión.
Un patrón recurrente: la sabiduría junto al Libro
Uno de los patrones más claros en la distribución del término es que en diez de sus veinte apariciones, exactamente la mitad, la «sabiduría» aparece unida al «Libro» en una fórmula casi fija:
﴿يُعَلِّمُهُمُ الْكِتَابَ وَالْحِكْمَةَ﴾ (2:129)
«…les enseña el Libro y la sabiduría.»
El mismo sentido se repite en 2:151, 2:231, 3:48, 3:81, 4:54, 4:113, 5:110, 33:34 y 62:2. En este patrón recurrente la sabiduría nunca se menciona sola, sino siempre junto a la revelación descendida. Es como si el Corán estableciera que la verdadera sabiduría no se separa del conocimiento del Libro, aunque no se identifique con él. El Libro es un texto que se recita; la sabiduría es una comprensión que se concede para aplicar ese texto a la realidad cambiante de la vida.
Otro patrón: la sabiduría como modo de llamar, no solo como contenido
La sabiduría en el Corán no se limita a un saber que su poseedor guarda. Alcanza también al modo de transmitirlo a los demás:
﴿ادْعُ إِلَىٰ سَبِيلِ رَبِّكَ بِالْحِكْمَةِ وَالْمَوْعِظَةِ الْحَسَنَةِ﴾ (16:125)
«Llama al camino de tu Señor con sabiduría y buena exhortación.»
La aleya no se contenta con ordenar la llamada a la verdad, sino que la sujeta a un método preciso: que la palabra justa se ponga en su lugar adecuado, en la medida debida, para el oyente que la necesita. Esto concuerda con el sentido lingüístico sobre el que se asienta este artículo. Así como el freno impide al caballo lanzarse a ciegas, la sabiduría impide al que llama presentar la verdad de un modo que aleja en vez de acercar, y modera su impulso según lo que pide la ocasión.
Un tercer patrón: dos modelos humanos distintos de sabiduría
El Corán presenta dos modelos humanos de quienes recibieron la sabiduría, muy distintos en su rango. El primero es David (la paz sea con él), profeta a quien se concedió el «discurso decisivo» (38:20), es decir, la capacidad de dictar sentencia definitiva entre litigantes. El segundo es Luqmān, un hombre justo que no era profeta, cuya sabiduría se manifestó en consejos educativos a su hijo y no en el arbitraje entre contendientes. Esta variedad revela que la sabiduría no es patrimonio exclusivo de la profecía ni del estrado del juez. Es un don que puede manifestarse en campos diversos: una sentencia justa, una crianza prudente o un consejo dado a tiempo, según el rango y la responsabilidad de quien lo posee.
Un cuarto patrón: una sabiduría que el amonestador por sí solo no puede imponer
En la sura de al-Qamar, tras una serie de escenas de naciones que desmintieron a sus mensajeros y fueron destruidas, las aleyas se cierran con las palabras de Dios:
﴿حِكْمَةٌ بَالِغَةٌ فَمَا تُغْنِ النُّذُرُ﴾ (54:5)
«[Es] una sabiduría de largo alcance, pero las advertencias no aprovechan.»
La sabiduría aquí describe al propio Corán y el modo de advertencia que encierra: una sabiduría que alcanzó el colmo de la claridad y la exposición, y que sin embargo de nada sirvió a un pueblo que persistió en apartarse. Hay en ello un recordatorio importante. Por perfecta que sea en sí misma, la sabiduría no se impone por la fuerza a quien ha cerrado su corazón para recibirla. Es un don que se ofrece, no que se impone.
«Dejadlo y verted sobre su orina un cubo de agua»
Entre las aplicaciones más claras de las palabras «Llama al camino de tu Señor con sabiduría» en la vida del Profeta figura lo que relató Abū Hurayra (que Dios esté complacido con él): un beduino orinó en la mezquita y la gente se levantó para abalanzarse sobre él. Entonces el Profeta ﷺ dijo:
«دعوه، وأريقوا على بوله سَجْلًا من ماء، فإنما بُعثتم مُيسِّرين، ولم تُبعثوا مُعسِّرين»
«Dejadlo y verted sobre su orina un cubo de agua, pues habéis sido enviados para facilitar y no para dificultar.»[3]
El beduino ignoraba no solo la santidad de la mezquita, sino también el sentir de quienes le rodeaban. Aun así, el Profeta ﷺ no lo enfrentó con el reproche que habría podido alejarlo del islam por completo. Contuvo a sus Compañeros de su reacción inmediata, remedió después el efecto del acto de la manera más sencilla y más tarde instruyó al hombre con amabilidad. Este episodio es una aplicación viva de la conclusión alcanzada más arriba: la sabiduría es un modo de llamar y no solo un contenido. El Profeta ﷺ poseía la verdad y poseía la autoridad para imponerla de inmediato y con dureza. Pero su sabiduría refrenó esa autoridad y su prisa, y así dio en el lugar de la enseñanza y no en el del rechazo.
El testimonio profético
Ibn Masʿūd (que Dios esté complacido con él) transmitió, en un hadiz recogido por al-Bujārī y Muslim, que el Profeta ﷺ dijo:
«لا حسدَ إلا في اثنتين: رجلٌ آتاه اللهُ مالًا فسلَّطه على هلكته في الحقّ، ورجلٌ آتاه الله الحكمةَ فهو يقضي بها ويُعلِّمها»
«No cabe envidia sino en dos casos: un hombre a quien Dios ha dado riqueza y a quien ha capacitado para gastarla en la verdad, y un hombre a quien Dios ha dado sabiduría, de modo que juzga con ella y la enseña.»[4]
El hadiz no presenta la sabiduría como un saber almacenado, sino como un acto doble: un juicio que se aplica y una enseñanza que se transmite. Aquí, como en las aleyas del Corán, la sabiduría no vale nada mientras permanece encerrada en el pecho de su dueño. Su valor aparece solo cuando se pone en movimiento, cuando con ella se juzgan los asuntos y se enseña a los demás.
Una lectura desde los objetivos superiores (maqāṣid)
Los sabios han observado que, cuando el Corán empareja la sabiduría con el Libro, a veces la antepone a la purificación (tazkiya) en el orden de las palabras, y en otras aleyas la pospone. Ello sugiere que la relación entre ambas es de complementariedad y no de sucesión estricta: la purificación limpia el alma de vicios, y la sabiduría le da la capacidad de situar los asuntos en su lugar correcto. Algunos lo relacionan con el origen lingüístico con el que se abrió este artículo. Quien tiene el alma purificada pero carece de la sabiduría que le contenga del mal juicio puede obrar con buena intención y, sin embargo, errar en el acto. Quien ha recibido la sabiduría pero no tiene el alma purificada puede juzgar bien y corromper su intención. La unión de ambas es la perfección con la que las aleyas describen a los profetas y a los justos.
La aplicación contemporánea
Muchos confunden la sabiduría con la inteligencia, y suponen que la agudeza o la abundancia de información bastan para llamar sabio a alguien. El origen lingüístico expuesto en este artículo propone otra medida. La sabiduría no consiste en saber mucho, sino en poder contener el impulso de decir o hacer lo que se sabe cuando no conviene al momento. El sabio es quien posee la información y, a la vez, las riendas de sí mismo para no decirla ni ejecutarla fuera de lugar. En una época en que toda opinión puede publicarse al instante y sin freno, la imagen de la brida de la cabalgadura es un recordatorio práctico: antes de hablar o actuar, preguntarse no solo «¿es cierto esto?», sino también «¿conviene ahora, a esta persona, de esta manera?». Esa distancia entre el conocimiento recto y la acción oportuna es la casa de la sabiduría.
El emparejamiento de la sabiduría con la gratitud en la historia de Luqmān, con la que se abrió este artículo, ofrece otra prueba de la sabiduría de una persona en sus decisiones cotidianas. Ante cada elección puede preguntarse si esta le conduce a una gratitud más honda hacia Dios y al reconocimiento de Su favor, o a un mayor engreimiento y al olvido de Quien da. Si la respuesta es lo primero, esa es una señal de la verdadera sabiduría, y no solo de una decisión astuta que logró algún beneficio inmediato.
Esto se enlaza también con lo establecido en otro artículo de esta serie, sobre la consulta (shūrā): recabar la opinión de los demás es un paso sin el cual la sabiduría no se completa. El sabio no se contenta con refrenarse a sí mismo de la precipitación, sino que se vale además de las mentes de quienes le rodean para sopesar el asunto desde ángulos que a solas no habría visto, de modo que se reúnan en él la sabiduría individual y la colectiva.
Los consejos de Luqmān a su hijo: cuando la sabiduría se hace crianza
Si se quiere ver la sabiduría encarnada en su contenido práctico y no en su definición abstracta, la propia sura de Luqmān, con la que se abrió este artículo, muestra en qué se convirtió esa sabiduría al transformarse en consejo de un padre a su hijo. Luqmān comienza por el fundamento de la fe:
﴿يَا بُنَيَّ لَا تُشْرِكْ بِاللَّهِ﴾ (31:13)
«¡Hijo mío! No asocies nada a Dios.»
Pasa luego a la vigilancia de Dios sobre lo más ínfimo:
﴿إِنَّهَا إِنْ تَكُ مِثْقَالَ حَبَّةٍ مِنْ خَرْدَلٍ… يَأْتِ بِهَا اللَّهُ﴾ (31:16)
«Aunque fuera del peso de un grano de mostaza… Dios lo sacará a la luz.»
Siguen el establecimiento de la oración, el mandato del bien y la paciencia ante el daño (31:17). Por último cierra con dos consejos de trato social: no volver la mejilla a la gente con soberbia, y ser moderado al andar y bajar la voz:
﴿إِنَّ أَنْكَرَ الْأَصْوَاتِ لَصَوْتُ الْحَمِيرِ﴾ (31:19)
«Ciertamente, el más desagradable de los sonidos es la voz de los asnos.»
Estos seis consejos son el rechazo de la idolatría, la vigilancia de lo mínimo, el establecimiento de la oración, el mandato del bien, la paciencia y la humildad en el porte y en la voz. No son una lista al azar. Aplican, paso a paso, aquello con lo que se abrió este artículo: una creencia refrenada frente a la idolatría, un alma refrenada frente a la negligencia y un carácter refrenado frente a la soberbia. En su forma completa, la sabiduría de Luqmān no fue información que guardara para sí, sino un freno que pasó de su corazón a la crianza de su hijo.
Conclusión
Desde Luqmān, a quien se dio la sabiduría de modo que su primer fruto fue la gratitud y el último un consejo a su hijo; pasando por el freno que impide a la cabalgadura desbocarse; por un Profeta que contuvo la ira de sus Compañeros contra un beduino ignorante; hasta un hadiz que describe la sabiduría como algo con lo que se juzga y que se enseña, y no que se atesora: por todo ello el Corán traza para la sabiduría un único sentido inmutable. Es un don que se concede y no se inventa. Contiene a su poseedor del desboque de la ignorancia como el freno contiene al caballo, y su valor solo se completa cuando lleva la verdad a su lugar justo.
Y Dios sabe más; Él es el Maestro de la sabiduría para quien quiere de entre Sus siervos.
Notas
- Ibn Fāris, Muʿŷam Maqāyīs al-Lugha, entrada «ḥ-k-m». [2]: Al-Rāghib al-Aṣfahānī, al-Mufradāt fī Gharīb al-Qurʾan, entrada «ḥ-k-m». [3]: Transmitido por al-Bujārī en su Ṣaḥīḥ, por vía de Abū Hurayra (que Dios esté complacido con él). [4]: Transmitido por al-Bujārī (n.º 73) y Muslim (n.º 816), de común acuerdo, por vía de ʿAbd Allāh ibn Masʿūd (que Dios esté complacido con él).↩
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