La sabiduría es el extravío del creyente
Una lectura fundacional de un dicho transmitido, y de un dilema civilizatorio contemporáneo

Por el Dr. Ahmed Mohamed Ali Abouseif, presidente de la American Imams Academy (Academia Americana de Imames).
Entrada: un dicho transmitido que resume una filosofía entera
Se hizo célebre en las lenguas un dicho transmitido que la gente recibió con aceptación, y es: «La sabiduría es el extravío del creyente; dondequiera que la halle, él tiene más derecho a ella». Se transmitió elevado al Profeta (la paz sea con él) del hadiz de Abū Hurayra (Dios esté complacido con él), lo registraron al-Tirmiḏī e Ibn Māŷa, pero su cadena elevada es muy débil según la mayoría de los tradicionistas, por lo que no es correcto afirmar con certeza su elevación al Mensajero de Dios (la paz sea con él)[1]. Pero su significado es inmenso y sólido, lo atestiguan el Libro y la Sunna firme, y obraron por su exigencia los Compañeros y los Seguidores. Y de lo que se menciona en este capítulo —en forma de cautela— es su dicho: «La sabiduría es el extravío del creyente, así que buscadla aunque sea entre la gente de la hipocresía», que se atribuyó a ʿAlī (Dios esté complacido con él) y no hemos hallado para ello una cadena firme[2].
Y contempla cómo eligió el Profeta (la paz sea con él) esta elocuente metáfora: «el extravío» (al-ḍālla), que en la lengua de los árabes es la bestia que pierde su dueño y sigue buscándola con anhelo y no se calma hasta hallarla. Pues la sabiduría respecto del creyente no es algo adicional que busca si quiere, sino que es una propiedad perdida que recupera dondequiera que la halle, la rastrea en cada sesión, la busca en cada libro, y la escucha de toda lengua que pronuncia la verdad, igualándose para él en eso el cercano y el lejano, el musulmán y el otro, mientras sea una palabra conforme a la verdad, provechosa para la creación, no chocante con los fundamentos de la Revelación.
Y este significado transmitido, pese a su brevedad, nos plantea —a nosotros los musulmanes en el siglo XXI— una ecuación civilizatoria precisa: ¿cómo nos abrimos al patrimonio de la humanidad sin disolvernos en él? ¿Y cómo tomamos de otros sin perder nuestros fundamentos? Esta es la pregunta que nos acompañará en todos los pliegues de este artículo.
Primero: en la definición de la sabiduría
Difirieron las expresiones de los sabios en la definición de la sabiduría, y todas giran en torno a un solo gran significado. Se transmitió de Muŷāhid, al-Ḍaḥḥāk y el imam Mālik que la sabiduría es: «la comprensión de la religión de Dios, y el obrar por ella»[3]. Y dijo Ibn al-Qayyim (Dios se apiade de él) en «Las estaciones de los caminantes»: «La sabiduría es hacer lo que conviene, de la manera que conviene, en el momento que conviene»[4]. Y la definió al-Ŷurŷānī en «Las definiciones» como: «una expresión del conocimiento de la verdad por sí misma, y el conocimiento del bien para obrar por él»[5].
Y el resultado de estas definiciones: que la sabiduría es una unión de dos asuntos inseparables: una ciencia provechosa, y una obra recta conforme a esa ciencia. Pues quien supo y no obró no fue sabio aunque fuera erudito, y quien obró sin ciencia no fue sabio aunque fuera diligente; pues la sabiduría es un fruto que germina entre los dos árboles de la ciencia y la obra, no se endereza uno sin el otro.
Y hay una tercera dimensión que a menudo se descuida, y es el buen momento y el conocimiento de la ocasión. Pues puede que el ser humano sea erudito y obrador, pero abra su boca fuera de su tiempo, y estropee el significado que quiso reformar. De aquí dijeron los retóricos: «Para cada situación hay un discurso».
Segundo: la sabiduría en el Libro de Dios
Dios puso a la sabiduría en un rango inmenso en Su noble Libro, y dijo, glorificado sea: «Da la sabiduría a quien quiere, y a quien se le da la sabiduría se le ha dado un bien abundante; pero no recapacitan sino los dotados de entendimiento.» [al-Baqara: 269]. En esta aleya hay tres verdades: que la sabiduría es un don divino, que es un bien abundante, y quien lo alcanzó ha ganado, y que su recapacitación y su aceptación solo son para los dueños de razones cabales que Dios llamó «los dotados de entendimiento».
Y Dios agració a Su profeta David (la paz sea con él) con Su dicho: «Y le dimos la sabiduría y el discurso decisivo» [Ṣād: 20], y a Luqmān el sabio con Su dicho: «Y ciertamente dimos a Luqmān la sabiduría: "Agradece a Dios"» [Luqmān: 12]. Hasta que se hizo célebre Luqmān entre las naciones por su sabiduría, y Dios hizo descender en Su Libro una sura con su nombre que recitan los musulmanes hasta el Día del Juicio.
Más aún, una de las más grandes misiones de los profetas (las oraciones de Dios sean con ellos) es: enseñar a la gente la sabiduría. Dijo el Altísimo sobre nuestro Profeta Muhammad (la paz sea con él): «Él es Quien envió entre los iletrados un Mensajero de entre ellos, que les recita Sus aleyas, los purifica, y les enseña el Libro y la sabiduría» [al-Ŷumuʿa: 2]. Pues Dios hizo de la enseñanza de la sabiduría una compañera de la enseñanza del Libro, y la asoció a la purificación como indicación de que es un efecto de los efectos de la fe, y un fruto de los frutos de la purificación interior.
Tercero: la sabiduría en la guía del Profeta (la paz sea con él)
El Profeta (la paz sea con él) fue el primer maestro de la sabiduría, y su habla (la paz sea con él) es toda sabiduría. Transmitieron al-Bujārī y Muslim de Ibn Masʿūd (Dios esté complacido con él) que dijo: «El Mensajero de Dios (la paz sea con él) nos cuidaba con la exhortación en los días por aversión al hastío en nosotros»[6]. No los agobiaba con las exhortaciones ni las multiplicaba hasta que se hartaran, ni las reducía hasta que olvidaran, sino que elegía los tiempos y las ocasiones. Y esta es la esencia misma de la sabiduría en el llamado y la enseñanza.
Y de las palabras concisas suyas (la paz sea con él) que preservaron sus Compañeros: «La religión es el buen consejo»[7], y «en verdad, en la elocuencia hay magia»[8], y «desapégate del mundo y Dios te amará, y desapégate de lo que hay en manos de la gente y la gente te amará»[9]. Pues estas son palabras cortas, bajo las cuales hay significados abundantes, sobre los que el creyente puede edificar su conducta y el método de su vida, y todas son del filón de la sabiduría profética pura.
Y de las expresiones célebres en las lenguas es su dicho: «El creyente es perspicaz, sagaz», que es una expresión sobre la que dictaminaron un grupo de imames del hadiz como Ibn al-Ŷawzī, al-Ṣāgānī y al-Sajāwī que no tiene fundamento con este texto elevado al Profeta (la paz sea con él)[10]. Pues lo obligatorio es purificar el patrimonio del Profeta (la paz sea con él) de la atribución de lo que no se ha probado de él, aunque su significado —en conjunto— sea conforme al espíritu de la legislación.
Cuarto: la sabiduría es un extravío... ¿dónde, pues, se busca?
Este es el corazón del dicho y el corazón del artículo. Pues si se establece que la sabiduría es el extravío del creyente, hay que preguntar: ¿de dónde se toma, y en qué lugares se busca?
Y la respuesta se ordena en dos círculos concéntricos:
El primer círculo: las grandes fuentes de las que no hay prescindencia
La primera de ellas y la más inmensa es el Libro de Dios, el Altísimo, pues es «el Árbitro» y «el Sabio», en él está la noticia de quienes nos precedieron, la nueva de quienes nos sucederán, y el juicio de lo que hay entre nosotros. Y la segunda es la Sunna del Elegido (la paz sea con él); pues Dios hizo descender sobre él el Libro y la sabiduría, y más de uno de los predecesores interpretó la sabiduría en la aleya como la Sunna. Y la tercera es la biografía de los nobles Compañeros, pues ellos son la mejor de las generaciones, y de ellos se toma la sabiduría práctica en la vida. Y la cuarta es el patrimonio de los sabios obradores de la gente del fiqh, la exégesis y la conducta, que vivieron el islam ciencia y obra.
El segundo círculo: el patrimonio general de la humanidad
Luego viene un amplio capítulo de los capítulos de la sabiduría, que se manifiesta en las experiencias de las naciones y sus civilizaciones, en la contemplación de las leyes de Dios en el universo y la sociedad, en la lectura de la historia y la reflexión sobre sus desenlaces, y en el sentarse con los razonables y escuchar las experiencias humanas acumuladas.
Y de las sabidurías transmitidas que corren en las lenguas es su dicho en la lengua de ʿUmar ibn al-Jaṭṭāb (Dios esté complacido con él): «Tomad la sabiduría, y no os daña de qué recipiente salió»[11]. Y de los dichos transmitidos del habla de los predecesores también: «Mira a lo que dijo, y no mires a quién lo dijo». Y se transmitió de más de uno de los imames como Mālik, Muŷāhid e Ibn ʿAbbās su dicho: «No hay nadie de quien no se tome de su dicho y se deje, salvo el dueño de esta tumba», y señalaron a la tumba del Profeta (la paz sea con él)[12].
Una norma legislada que no se descuida
Y antes de detallar en este capítulo, hay que establecer una norma legislada que rige todo lo que sigue: la sabiduría aceptada es la que concuerda con la verdad y no choca con los fundamentos de la Revelación. Pues no todo lo que plantea la razón humana de teorías y doctrinas es sabiduría; sino que la sabiduría es aquello en que se reúnen dos condiciones: su concordancia con la verdad en sí misma, y su no chocar con los textos precisos de la legislación. Pues si se altera una de las dos condiciones, la palabra sale del capítulo de la sabiduría al capítulo del extravío, aunque sus dueños la adornen con las expresiones de la filosofía y las galas de la elocuencia.
Una ecuación civilizatoria: la apertura sin disolución
Y a la luz de esta norma baja el gran dilema que vive el musulmán contemporáneo, en especial quien Dios le agració con la vida en Occidente: ¿cómo se abre al patrimonio de la humanidad sin disolverse en él? ¿Y cómo toma de otros sin perder su propio ser?
Y la respuesta se resume en una distinción precisa entre tres cosas:
Primero: la diferencia entre la sabiduría y la referencia. El creyente toma la sabiduría de cualquier filón, pero no reemplaza el Corán y la Sunna por otra referencia. La sabiduría se toma y se sopesa, mientras que la referencia está preservada y no se desplaza. El Corán juzga sobre ella, no juzga ella sobre el Corán.
Segundo: la diferencia entre el aprovechamiento y la imitación. El aprovechamiento es que tomemos de otros lo que nos beneficia, lo añadamos a lo que tenemos, y lo refinemos con la balanza de nuestra legislación. Y la imitación es que nos despojemos de nuestro propio ser y nos volvamos una imagen desfigurada de otros. La primera es fuerza y la segunda es debilidad, la primera es autenticidad y la segunda es seguidismo.
Tercero: la diferencia entre la confianza y el complejo de inferioridad. El que toma la sabiduría de otros con confianza en su religión es el fuerte, pues no ve en tomarla una mengua de sus fundamentos, sino una corroboración de ellos; porque toda verdad se encuentra con la verdad del islam. En cuanto al que la toma con un complejo, entrega las riendas a su fuente, y se vuelve todo lo que viene del «otro» sagrado para él, y todo lo que tiene él es objeto de duda y revisión.
Y el islam —que es la religión de la verdad absoluta— no teme la verdad dondequiera que aparezca; porque está seguro de sus fundamentos, sabe que la verdad no refuta la verdad, y que la sabiduría veraz no contradice la Revelación veraz. Por ello los predecesores erigían la balanza de la legislación sobre lo que les llegaba de los conocimientos de las naciones, así que lo que concordaba con la legislación lo aceptaban y lo invertían, y lo que la contradecía lo rechazaban aunque viniera de las mayores mentes del mundo.
Quinto: entre la inteligencia y la sabiduría
De los significados precisos que el creyente debe percatar: que la sabiduría no es la inteligencia, ni es el mero conocimiento, ni es la agudeza de la mente y la rapidez de la intuición. ¡Cuánto inteligente no es sabio! Posee de la información lo mucho, pero obra mal, presenta el habla fuera de su lugar, y estropea las relaciones de donde quiso repararlas.
Y déjame darte tres modelos de nuestra realidad de hoy:
El primer modelo: un ingeniero exitoso en su trabajo, ascendió en las mayores empresas del Valle del Silicio, gestiona proyectos de millones de dólares con una destreza rara. Pero cuando entra en su casa se transforma en un hombre seco y cansado, trata a su esposa como si fuera una subordinada de sus subordinados en el trabajo, y a sus hijos como si fueran empleados que esperan la evaluación anual. Y he aquí que la casa se derrumba sin que lo sienta, y los hijos crecen habiendo perdido al padre en su padre. ¿Fue este hombre inteligente? Sí, sin duda. ¿Fue sabio? ¡No, por Dios!; porque gestionó bien su oficina y gestionó mal su casa, y esto no es sabiduría.
El segundo modelo: un predicador que adquirió una ciencia abundante, memorizó muchos textos, se pone de pie sobre el púlpito y pronuncia los argumentos contundentes. Pero cuando se sienta entre la gente estrecha lo que la legislación ensanchó, endurece fuera del lugar del endurecimiento, y reprocha a la gente lo que Dios no reprochó, y he aquí que la mezquita que estaba llena se vacía, y los jóvenes que estaban entregados se alejan. ¿Fue erudito? Sí. ¿Fue sabio? No; porque la sabiduría en el llamado es que reúnas, no que disperses, que atraigas, no que alejes, y que abras las puertas del bien, no que las cierres.
El tercer modelo: un joven de nuestros hijos en América, perspicaz en su estudio, sobresaliente en su especialidad, posee de las destrezas técnicas lo que no poseen sus pares. Pero se sienta con sus padres y no halla qué decir, entra en la mezquita y no halla un lugar para él, se encuentra con su sociedad y no halla para él una identidad, y vive extraño en todo lugar. ¿Fue inteligente? Sí. ¿Conoció la sabiduría? No la conoció aún; porque la gran sabiduría es que conozcas quién eres, de dónde viniste, hacia dónde marchas, y cómo reúnes entre tu fundamento en el islam y tu vida en la realidad contemporánea.
Y la causa de todo eso es que la sabiduría es una dádiva divina en la que se reúnen facultades múltiples: la ciencia, la paciencia, la calma, el buen pensar de Dios, la clarividencia con la realidad, la comprensión de las prioridades, y el conocimiento de los desenlaces. Pues quien quiere la sabiduría, que luche con su alma en la adquisición de estas cualidades todas, y que pida a su Señor que se la provea, pues el Profeta (la paz sea con él) suplicaba diciendo: «¡Oh, Dios! Te pido una ciencia provechosa, y me refugio en Ti de una ciencia que no aprovecha»[13].
Sexto: la sabiduría en el llamado a Dios
De lo que conviene advertir: que Dios ordenó a Su profeta (la paz sea con él) y a los predicadores después de él que su método se fundara en la sabiduría, y dijo: «Llama al camino de tu Señor con la sabiduría y la buena exhortación, y discute con ellos de la manera que sea mejor» [al-Naḥl: 125]. Pues el verdadero predicador no es quien posee la información solamente, sino quien sabe transmitirla bien; se dirige a la gente según la medida de sus razones, observa sus estados y sus humores, y elige la palabra buena en el lugar apropiado.
Por ello una de las más grandes dolencias del llamado es: la severidad fuera de su lugar, la indulgencia fuera de su sitio, el habla fuera de su tiempo, y el silencio cuando es obligatorio el habla. Y todo eso solo se trata con la sabiduría, que es la brújula del predicador y su balanza.
Y nosotros los musulmanes en las tierras de Occidente, en especial en América, somos los más necesitados de este significado. Pues nuestras sociedades son diversas, y los hijos de nuestras comunidades son de trasfondos distintos, viven en un entorno en que su religión se cruza con una cultura que difiere de ellos en muchos valores. Pues sin la sabiduría no se nos endereza un llamado, ni se nos estabiliza una mezquita, ni se les afirma a nuestros hijos un pie sobre esta religión.
Y la sabiduría aquí es que comprendamos la realidad como es, no como la deseamos, que nos dirijamos a la gente en su lengua, y que presentemos el islam en su forma más espléndida: un credo puro, una conducta elevada, y una moral virtuosa. Y que sepamos que la mezquita en América no es solo una casa de oración, sino que es una escuela para la identidad, un punto de encuentro para las generaciones, y un espejo al que mira la sociedad entera para conocer quiénes somos.
Séptimo: dolencias que impiden la sabiduría
Como la sabiduría es de tal nobleza y rango, fue natural que se le opongan dolencias que privan al siervo de ella o se la mengüen:
Primero: la soberbia. Pues el soberbio no acepta la verdad de quien está por debajo de él, ni ve a nadie un mérito sobre él, así que se le pierde la sabiduría sin que lo sienta. Dijo el Profeta (la paz sea con él): «La soberbia es rechazar la verdad y despreciar a la gente»[14], es decir, repeler la verdad y menospreciar a la creación.
Segundo: la prisa. Pues el sabio es pausado en sus juicios, abarca la situación desde todos sus lados antes de emitir en ella una decisión. Dijo el Profeta (la paz sea con él): «La calma es de Dios, y la prisa es del demonio»[15].
Tercero: el seguir la pasión. Pues el dueño de la pasión ve la verdad falsedad y la falsedad verdad, y prefiere el deseo de su alma a la complacencia de su Señor, ¿cómo, pues, va a tener sabiduría? Dijo el Altísimo: «¿Has visto a quien tomó por dios su pasión, y Dios lo extravió a sabiendas?» [al-Ŷāṯiya: 23].
Cuarto: los pecados. Pues legan la negligencia, oscurecen el corazón, y velan la clarividencia, de modo que su dueño se vuelve incapaz de distinguir entre lo provechoso y lo dañino. Y en el consejo del imam al-Šāfiʿī:
Me quejé a Wakīʿ de mi mala memoria ✿ y me guio a dejar los pecados,y me informó de que la ciencia es luz ✿ y la luz de Dios no se guía a un pecador.
Octavo: ¿cómo educa el creyente su alma en la sabiduría?
El camino de la adquisición de la sabiduría es largo, pero es accesible para quien fue veraz con Dios. Y comienza con asuntos prácticos:
- El acompañar al Libro de Dios con recitación y reflexión, pues el Corán es la más grande escuela de la sabiduría en la existencia.
- El sentarse con la gente de ciencia y rectitud y escucharlos, pues su compañía transmite el buen contagio al corazón.
- La lectura de las biografías de los profetas, los Compañeros y los virtuosos, pues arraigan en el alma los modelos supremos de la vida sabia.
- La abundancia del silencio y la escasez del habla salvo en el bien, pues el sabio no habla sino cuando su habla es mejor que su silencio.
- El acompañar a la paciencia y la mansedumbre, pues el Profeta (la paz sea con él) dijo a al-Ašaŷŷ ʿAbd al-Qays: «En verdad, hay en ti dos cualidades que Dios ama: la mansedumbre y la calma»[16].
- El ajuste de cuentas con el alma cada día sobre lo que dijo e hizo.
- La abundancia de la súplica, pues la sabiduría es un don de Dios, lo da a quien quiere.
Conclusión: la crisis del mundo hoy no es una crisis de información... sino una crisis de sabiduría
He aquí que la humanidad hoy se yergue en el umbral de una época asombrosa. El ser humano ha penetrado el cielo, ha aterrizado en la luna, ha enviado sus naves a Marte, ha construido máquinas que piensan y aprenden, y ha reunido en su bolsillo las bibliotecas del mundo entero. Y, con todo, sigue este mismo ser humano incapaz de gestionar su casa, de preservar a su familia de la desintegración, de fabricar la paz en su pecho, de responder a las más simples preguntas: ¿quién soy? ¿Y por qué estoy aquí? ¿Y hacia dónde marcho?
Pues la crisis del mundo hoy no es una crisis de información, sino una crisis de sabiduría. El ser humano ha alcanzado del conocimiento lo que le permitió penetrar el cielo, pero sigue incapaz de gestionarse a sí mismo, o preservar a su familia, o fabricar la paz en su corazón. Por ello sigue siendo la sabiduría de fe lo más grande que necesita el ser humano moderno; porque no le da la capacidad de dominar el mundo solamente, sino la capacidad de dominarse a sí mismo.
Y aquí se manifiesta la grandeza del dicho transmitido con el que abrimos nuestro artículo. Pues el creyente —él solo— es el capaz de reunir entre dos asuntos de los que fue incapaz el mundo contemporáneo: la apertura al patrimonio de la humanidad por un lado, y la firmeza sobre el fundamento divino por otro. Toma la sabiduría de todo filón puro, y la sopesa con la balanza de la Revelación, así que lo que le concuerda lo acepta orgulloso, y lo que la contradice lo rechaza tranquilo.
¡Oh, noble creyente! Hagamos de este significado un método de vida: cada vez que escuchemos una palabra buena, o veamos una conducta sabia, o leamos una idea provechosa conforme a los fundamentos de nuestra legislación, que digamos en nuestro interior: este es mi extravío, y yo tengo más derecho a él. Pues el verdadero creyente es el que reúne entre la autenticidad del islam y la comprensión de la vida, entre la firmeza del credo y la flexibilidad del trato, entre el celo por la verdad y la capacidad de transmitirla del modo más elocuente.
Pido a Dios el Inmenso, Señor del Trono Generoso, que nos provea la sabiduría y el discurso decisivo, que nos haga de Sus aliados virtuosos, y Sus siervos rectos, y que nos guíe y guíe por medio de nosotros. Pues Él es el Patrón de ello y el Capaz de ello.
Y que Dios bendiga, salude y agracie a nuestro Profeta Muhammad, y a su familia y a todos sus Compañeros.
Notas
- Lo transmitieron al-Tirmiḏī en sus «Sunan» (2687) e Ibn Māŷa (4169) del hadiz de Abū Hurayra (Dios esté complacido con él). Dijo al-Tirmiḏī tras él: «Este es un hadiz extraño, no lo conocemos sino por esta vía, e Ibrāhīm ibn al-Faḍl al-Majzūmī es debilitado en el hadiz por su memoria». Y dictaminó sobre él al-Albānī en «Ḍaʿīf Sunan al-Tirmiḏī» y en «La cadena débil» (1611) que es: muy débil. Y su significado —no su texto elevado— es sólido y conforme a los fundamentos.↩
- Se atribuyó este dicho a ʿAlī (Dios esté complacido con él) en algunos libros de literatura, y no hemos hallado para ello una cadena firme en los libros del legado considerados, por lo que se menciona en forma de cautela y no se afirma con certeza su elevación o su atribución.↩
- Lo transmitió más de uno de los exegetas como Ibn Kaṯīr y al-Qurṭubī en la exégesis de Su dicho, el Altísimo: «Da la sabiduría a quien quiere».↩
- «Las estaciones de los caminantes» de Ibn al-Qayyim (2/449). Y su texto: «Pues la sabiduría es hacer lo que conviene, de la manera que conviene, en el momento que conviene».↩
- «Las definiciones» de al-Ŷurŷānī (entrada: ḥikma), y su texto: «La sabiduría es una expresión del conocimiento de la verdad por sí misma, y el conocimiento del bien para obrar por él».↩
- Lo transmitieron al-Bujārī (68) y Muslim (2821) de Ibn Masʿūd (Dios esté complacido con él). Acordado.↩
- Lo transmitió Muslim en su Ṣaḥīḥ (55) del hadiz de Tamīm al-Dārī (Dios esté complacido con él).↩
- Lo transmitió al-Bujārī (5767) del hadiz de Ibn ʿUmar (Dios esté complacido con ambos).↩
- Lo transmitió Ibn Māŷa (4102) del hadiz de Sahl ibn Saʿd al-Sāʿidī (Dios esté complacido con él). Lo consideraron bueno al-Nawawī y al-Albānī.↩
- La mencionó con este texto Ibn al-Ŷawzī en «Las fabricaciones», al-Ṣāgānī en «Las fabricaciones» también, y al-Sajāwī en «Los buenos propósitos» (1107) y dijo: «No tiene fundamento». Igualmente al-Zarkašī en «El recordatorio de los hadices célebres» y otros.↩
- Se hizo célebre su atribución a ʿUmar ibn al-Jaṭṭāb (Dios esté complacido con él), y no hemos hallado para ello una cadena firme, sino que es de las sabidurías transmitidas que corren en las lenguas de los sabios.↩
- «El compendio de la exposición de la ciencia y su mérito» de Ibn ʿAbd al-Barr (2/925), y se transmitió de más de uno de los imames, entre ellos: Mālik, Muŷāhid e Ibn ʿAbbās.↩
- Su primera parte está en el Ṣaḥīḥ de Muslim (2722) dentro de una súplica más larga, y su segunda parte en Ibn Māŷa (3843) y al-Nasāʾī en «La obra del día y la noche».↩
- Lo transmitió Muslim en su Ṣaḥīḥ (91) del hadiz de Ibn Masʿūd (Dios esté complacido con él).↩
- Lo transmitieron Abū Yaʿlā y al-Bayhaqī del hadiz de Sahl ibn Saʿd. Lo consideró bueno al-Albānī en «Ṣaḥīḥ al-Ŷāmiʿ» (3011).↩
- Lo transmitió Muslim en su Ṣaḥīḥ (17) del hadiz de Ibn ʿAbbās (Dios esté complacido con ambos). Y el texto de Muslim: «En verdad, hay en ti dos cualidades que Dios ama: la mansedumbre y la calma».↩
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